-Buenas tardes, doctor. Muchísimas gracias por venir tan rápido.
-Un placer, como siempre, Antonia. La verdad es que no tiene usted muy buen color.
-No, si no lo he hecho venir por mí. Es por mi cuñado. Mi hermana y él han venido hoy del pueblo y Eulalio se ha desmayado dos veces. Seguramente no será nada, pero creí que lo mejor sería llamarlo a usted -añadió con cierto tono de disculpa.
-Desde luego. Ha hecho usted muy bien -la tranquilizó el doctor, con una franca sonrisa.
Antonia lo hizo pasar al saloncito, donde Eulalio, ya recuperado, reposaba en el sofá. Margari estaba a su lado, sentada muy cerca de él, y le acariciaba suavemente la mano.
-Margarita, por favor, apártate un poquitín que me das mucho calor.
Su mujer obedeció y optó por sacar del bolso el abanico, no fuera a desvanecerse otra vez. Ambos se pusieron en pie al ver al médico.
-Buenas tardes, doctor -saludaron casi al unísono.
-Por favor, siéntense -pidió el médico mientras daba la mano a Eulalio-. ¿Qué tal se encuentra?
-Mejor, mucho mejor, doctor. No sé qué me ha pasado.
-Bueno, no se preocupe, que para eso estoy yo aquí. ¿Tal vez podría reconocerle en un lugar más… privado? -preguntó, dirigiéndose a Antonia.
-Claro, no faltaba más. Sígame al dormitorio de invitados.
El doctor Carreras auscultó a Eulalio concienzudamente, tanto por el pecho como por la espalda. No quería alarmarle, pero era necesario que lo viera un especialista. Un cardiólogo. Probablemente no sería nada grave, pero había que descartar posibles anomalías. Por supuesto, él podía recomendarles un muy buen profesional, el doctor Sinde, e incluso telefonearía a su consulta al día siguiente temprano para que les dieran cita cuanto antes, puesto que sólo estaban en la ciudad de visita. Eulalio pidió al médico que le explicara a su mujer que sólo era una revisión rutinaria, “para que no se preocupara”. Aunque Margari, que no tenía un pelo de tonta, no pudo evitar hacerlo. Pero no dijo nada.
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